Inocencia:



Todos somos inocentes desde que nacemos, tenemos algo dentro de nosotros mismos que nos hace pensar, creer de una forma especial en las cosas, incluso soñar muchas más de las que pensábamos. Esa inocencia va transformándose poco a poco conforme vamos creciendo y nos vamos convirtiendo en lo que el hombre medio llama "adulto", una palabra que, conmigo no tiene nada que hacer porque parece que, cuando te haces más mayor y empiezan a salirte las temidas canas, entonces ya dejas de tener inocencia, de hacerle caso a ese niño interior que siempre permanece en nosotros. Creo que no debería ser así.

La palabra "adulto", a mi forma de ver, tiene muchas limitaciones. Una de ellas y que he experimentado es que todo es mental, incluyendo las obligaciones, responsabilidades y demás cosas que se tienen que hacer diariamente, pero lo que de verdad frena es la seriedad con la que empiezas a tomarte las cosas. Ya no disfrutas como cuando tenías siete años y jugabas con un balón, una "barbie", un tractor de juguete o una bicicleta, que ahí es donde salía todo el esplendor que llevábamos dentro y que resurgía como una llama. Esas sonrisas eran verdaderas, esos ojos que destellaban cuando te regalaban un juguete nuevo o cuando alguien de tu familia te daba un beso y estabas increíblemente asombrado al ver a tanta gente haciéndote caso. Se piensan que tener treinta, cuarenta o cincuenta años tiene que ver con eso, tiene que ver con que ya no te comportes como si lo fueras en ciertas circunstancias, incluso en conversaciones en las que sueltas una cosa con toda la inocencia del mundo y el otro se muere de la risa porque lo que acabas de decir es lo más inocente que ha escuchado en su vida. A eso le digo yo disfrutar de tu alrededor como un/a niño/a.

La inocencia es algo puro, quizá lo más grande que pueda tener uno dentro de sí mismo porque es lo que te hace diferente y lo que te hace sentir todo lo que hay a tu alrededor con más intensidad, soltura y confianza, dado que, nuestro niño interior también tiene que disfrutar de las cosas, ¿verdad? Esa es la forma de sentirlas, a mi manera de verlo, no se deben tomar con tal seriedad que termines gritando en medio del banco o en una tienda porque se han equivocado con tu color o tu talla de sujetador, eso da exactamente igual, no hay nada más bonito que esa inocencia que nunca deberíamos perder.

Hace que te asombres, que rías cosas que quizá antes no te hacían gracia pero que ahora, incluso tienen su toque. Tus decisiones están más basadas en lo que sientes que en lo que piensas, porque esta última cosa va a hacer que seas un robot como el resto y que tan solo sigas una tabla de reglas que te marca la sociedad y que vas a seguir por no quedar mal con nadie y no se rían de ti; como podréis comprobar, a mí ésto me la trae floja. Todos debemos dejar los juguetes a una edad, por supuesto, pero nunca se debería dejar de soñar, de tener ilusiones, de compartir sentimientos y de disfrutar las cosas como niños pequeños, de reírnos con ganas, de contar nuestras historias con total ímpetu y de sentirlas mucho más intensas aunque duelan.

Algo que nos dicen mucho es: "Anda, madura ya de una vez, que no tienes cinco años ahora", ¿verdad? Pues en mi opinión, pueden meterse lo de madurar por el agujero por donde mejor les entre, ya que, no es cuestión de madurar o no, es cuestión de ser quién uno es y, si esa inocencia forma parte de tu forma de ser, pues a ver qué problema hay. A mí no me importa que una persona con cuarenta años juegue a videojuegos aunque muchos se pongan las manos en la cabeza al oírlo, ¿sabéis por qué? Sencillamente, porque es lo que le gusta, lo que le llena y lo disfruta como un niño de siete años, como un loco, básicamente. 

Todos tenemos un sentir distinto, una perspectiva que quizá, no nos une pero también tenemos la opción de tener esa pequeña inocencia que nos distingue, que nos recuerda cada día aquello que siempre hemos disfrutado y que, cuando lo volvemos a tener delante de los morros, saltamos con la misma ilusión que cuando éramos críos. Ésto, por supuesto, no es ser una niña de cinco años teniendo veinticuatro, en mi caso, sino que disfruto de las cosas de una forma diferente, a veces hago tonterías, carasas y me río tanto yo como el que tengo al lado, de hecho, a eso le digo "hacer el payaso", siempre de una forma simpática y bromista. Eso es otra cosa que me gusta, el sarcasmo y las bromas, digamos que soy una adicta y no me serviría para nada hacer una recuperación completa porque seguiría haciéndolo igualmente sin necesidad de parar.

Nuestro niño interior se muere por salir al exterior, con esa ternura, simpatía, ganas de saltar y de sentir lo que hay a su alrededor, con esa forma tan amable de hablar, esa sinceridad y con esa energía interior que nos sale cada día al levantarnos de la cama (al menos yo, que parece que la tenga por las nubes, soy de lo más activa). Despertarnos con una canción que nos evoque una sonrisa sensible y agradable, que haga que nuestro hemisferio izquierdo no tenga más remedio que rendirse y dejar de soltar barbaridades nada más levantarte, porque vaya que es pesado. Dejemos que salga y pasemos de ser unos robots absurdos que lo único que hacen es amargar la vida de los demás y la de ellos mismos, hace que desaparezcan los deseos y las sonrisas, hagamos tonterías y tengamos una vida en paz, llena de sueños que cumplir y momentos inolvidables que recordemos ansiosamente cada vez que nos acostemos en la cama y cerremos los ojos.


Espero que os haya gustado la entrada, lectores. Un beso y un abrazo.

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